¿Puede el lenguaje cambiar tu estado de ánimo? Cómo las palabras influyen en lo que sentimos | Glossart Languages

¿Y si el idioma que hablamos pudiera influir no solo en nuestra manera de comunicarnos, sino también en cómo nos sentimos? Este artículo explora cómo las palabras influyen en nuestras emociones, nuestra confianza y la percepción que tenemos de nosotros mismos; por qué las personas bilingües y multilingües pueden sentirse diferentes al cambiar de idioma y cómo cada lengua que aprendemos se conecta con determinados recuerdos, relaciones y versiones de nosotros mismos.

Evangelia Perifanou

8/25/202611 min leer

woman in black tank top with blue and yellow tattoo on her left hand
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¿Puede el lenguaje cambiar tu estado de ánimo? Cómo las palabras influyen en lo que sentimos

Normalmente, consideramos el lenguaje como una herramienta de comunicación.

Lo utilizamos para expresar ideas.

Hacer preguntas.

Compartir experiencias.

Y conectar con otras personas.

Pero el lenguaje hace mucho más que describir nuestras emociones.

También puede influir en ellas.

Las palabras que escuchamos, pronunciamos y repetimos pueden afectar nuestro estado de ánimo, nuestra confianza y la manera en la que interpretamos una experiencia. Esto resulta especialmente interesante cuando hablamos más de un idioma.

Muchas personas bilingües y multilingües observan que se sienten ligeramente diferentes dependiendo del idioma que utilizan.

Pueden sentirse más cariñosas en una lengua.

Más directas en otra.

Más seguras, espontáneas o emocionalmente distantes en un idioma que aprendieron durante una etapa posterior de su vida.

Esto no significa necesariamente que el lenguaje transforme completamente nuestra personalidad. Las emociones están condicionadas por muchos factores, como nuestras relaciones, recuerdos, cultura y circunstancias actuales.

Sin embargo, las investigaciones sugieren que el lenguaje puede ayudarnos a organizar las experiencias emocionales e influir en la intensidad con la que ciertas palabras nos afectan.

Las palabras no son emocionalmente neutras

Las palabras no existen únicamente como definiciones en un diccionario.

Quedan vinculadas a personas.

Lugares.

Voces.

Recuerdos.

Relaciones.

Y etapas importantes de nuestra vida.

Por ejemplo, la palabra hogar puede producir una sensación de calidez y seguridad en una persona.

En otra, puede provocar tristeza, distancia o una sensación de pérdida.

Una expresión como:

«Creo en ti»

puede ofrecer ánimo durante un momento difícil.

Por otro lado, las frases negativas repetidas pueden contribuir a la ansiedad o a la inseguridad.

Nuestro cerebro no procesa las palabras solamente como información abstracta. También las conecta con asociaciones emocionales y experiencias anteriores.

Por eso, un apodo de la infancia, una expresión familiar o una frase pronunciada por alguien a quien amamos pueden cambiar inmediatamente nuestro estado emocional.

A veces, ni siquiera es la propia palabra lo que más importa.

Es la persona que la pronunció.

El tono que utilizó.

Y lo que estaba sucediendo en nuestra vida en aquel momento.

Las palabras pueden influir en cómo reconocemos las emociones

El lenguaje no se limita a poner nombre a las emociones después de que las experimentemos.

También puede ayudarnos a identificar e interpretar lo que sentimos.

Palabras como tristeza, frustración, decepción y duelo describen experiencias que comparten ciertas características, pero que no son idénticas.

Sin un vocabulario emocional preciso, podemos decir:

«Me siento mal».

Pero mal puede significar muchas cosas.

Quizá nos sentimos ansiosos.

Solitarios.

Avergonzados.

Abrumados.

Rechazados.

O agotados.

Encontrar una palabra más precisa no resuelve automáticamente el problema.

Sin embargo, puede ayudarnos a comprender la experiencia con mayor claridad y a decidir qué necesitamos.

Una investigación reciente con personas bilingües en sueco e inglés descubrió que las palabras relacionadas con las emociones, tanto en la primera como en la segunda lengua, ayudaban a los participantes a reconocer más rápidamente las emociones de las expresiones faciales. Los investigadores no encontraron la ventaja esperada de las palabras en la primera lengua, lo que indica que las palabras de más de un idioma pueden favorecer la percepción emocional. Cambridge University Press

La relación es compleja, pero este descubrimiento apoya una idea importante:

Las palabras de las que disponemos pueden influir en cómo organizamos e interpretamos la información emocional.

¿Nos sentimos diferentes cuando hablamos otro idioma?

Muchas personas bilingües y multilingües afirman sentirse diferentes cuando cambian de idioma.

Pueden ser más expresivas en una lengua y más reservadas en otra.

Un idioma puede favorecer el sentido del humor.

Otro puede facilitar la comunicación profesional.

Una persona puede decir «te quiero» con naturalidad en un idioma, pero sentirse incómoda al pronunciar la expresión equivalente en otro.

Esto no significa necesariamente que una persona tenga personalidades separadas.

Cada idioma puede activar diferentes recuerdos, relaciones, expectativas sociales y comportamientos culturales.

Una persona puede asociar su primera lengua con:

La familia.

La infancia.

La escuela.

El cariño.

Las discusiones.

El consuelo.

La autoridad.

Una segunda lengua puede estar relacionada con:

La universidad.

El trabajo.

Los viajes.

La independencia.

Una relación romántica.

Una mudanza a otro país.

Una nueva etapa de la vida.

Como estas experiencias son diferentes, cada idioma puede crear un ambiente emocional distinto.

La primera lengua suele sentirse más emocional

Para muchas personas, su primera lengua posee una mayor intensidad emocional.

Normalmente, es el idioma en el que escucharon por primera vez expresiones de cariño, consuelo, enfado, aprobación o miedo.

Puede ser la lengua que sus padres utilizaban para felicitarlas.

O para criticarlas.

El idioma en el que aprendieron por primera vez qué se consideraba educado, vergonzoso, prohibido o afectuoso.

Esto puede explicar por qué algunas frases resultan más poderosas en nuestra lengua materna.

Escuchar nuestro nombre completo.

Recibir una crítica.

Ser insultados.

Escuchar una reprimenda de la infancia.

O decir «te quiero».

Los estudios han descubierto frecuentemente que las palabras emocionales y las expresiones tabú provocan reacciones subjetivas o fisiológicas más intensas en la primera lengua que en un idioma aprendido posteriormente.

Por ejemplo, una investigación con personas bilingües en cantonés y mandarín encontró respuestas pupilares más fuertes ante palabras emocionales pronunciadas en la primera lengua, incluso cuando las palabras se escribían de la misma manera y se diferenciaban principalmente por la pronunciación.

Sin embargo, este patrón no es universal.

La fuerza emocional de una lengua depende de muchos más factores que el orden en el que fue aprendida.

El idioma más emocional puede ser el de nuestras relaciones

Una lengua puede adquirir una gran fuerza emocional debido a las personas con las que la utilizamos.

Una investigación que comparó un idioma nacional con una lengua regional encontró respuestas emocionales más intensas ante el humor, las expresiones de cariño, las reprimendas y los insultos en la lengua regional, aunque los participantes utilizaban el idioma nacional con mayor frecuencia en general.

Los investigadores sugirieron que la lengua regional resultaba más emocional porque estaba especialmente conectada con la familia y los amigos.

Esto cambia la pregunta.

Quizá el idioma más emocional no sea siempre simplemente nuestra primera lengua.

A veces, es la lengua de las personas más importantes para nosotros.

Una segunda lengua puede adquirir una enorme importancia emocional cuando se convierte en el idioma en el que una persona:

Se enamora.

Forma una familia.

Construye amistades profundas.

Recibe apoyo.

Crea un nuevo hogar.

O se convierte en una nueva versión de sí misma.

El significado emocional de una lengua se desarrolla mediante el uso y las experiencias.

El dominio y la inmersión también son importantes

Una lengua aprendida principalmente mediante libros de texto puede parecer menos emocional al principio.

Podemos entender sus palabras intelectualmente sin que estén profundamente conectadas con experiencias reales.

Pero esto puede cambiar.

Una investigación con personas bilingües en alemán y francés descubrió que las asociaciones emocionales en la segunda lengua se volvían más automáticas entre quienes tenían mayores niveles de inmersión y utilizaban el idioma con más frecuencia.

En otras palabras, la conexión emocional no está determinada únicamente por el momento en el que aprendimos una lengua.

También depende de:

La frecuencia con la que la utilizamos.

Las personas con las que la hablamos.

Las situaciones en las que la empleamos.

Nuestro nivel de dominio.

Y las experiencias que vivimos a través de ella.

Una lengua adquiere una mayor realidad emocional cuando deja de existir únicamente dentro del aula.

Una segunda lengua puede crear distancia emocional

Curiosamente, utilizar otro idioma puede ayudar a algunas personas a hablar con mayor calma sobre experiencias difíciles.

Como una lengua aprendida más tarde puede tener una menor carga emocional, puede crear una pequeña distancia psicológica con respecto a la situación.

Una persona puede encontrar más fácil:

Hablar sobre un recuerdo vergonzoso.

Establecer un límite.

Expresar desacuerdo.

Hablar sobre una experiencia dolorosa.

O tomar una decisión difícil.

La experiencia sigue siendo real, pero las palabras pueden no parecer tan intensas.

Esta distancia emocional no es completamente positiva ni negativa.

Puede ser útil cuando alguien necesita mayor serenidad y perspectiva.

Pero también puede hacer que la expresión emocional parezca incompleta.

Una persona puede saber exactamente lo que siente, pero tener dificultades para encontrar palabras en otro idioma que transmitan la misma profundidad.

Puede entender la traducción literal y, aun así, sentir que falta algo importante.

La distancia emocional no es igual para todo el mundo

Sería incorrecto afirmar que todas las personas sienten menos cuando utilizan una segunda lengua.

Las investigaciones presentan una realidad más compleja.

Los estudios encuentran a menudo una menor intensidad emocional en una segunda lengua, pero los resultados varían según el dominio del hablante, su grado de inmersión, la combinación de idiomas, su historia de aprendizaje y el tipo de palabra emocional estudiada.

Una investigación con personas bilingües en español e inglés encontró diferencias en la forma en la que se evaluaban las palabras positivas, negativas y tabú en ambos idiomas.

Sin embargo, la dirección de las diferencias no siempre era la misma, y el nivel de dominio lingüístico era un indicador importante.

Esto significa que debemos evitar conclusiones excesivamente simples como:

«La primera lengua es emocional y la segunda no».

Una idea más precisa sería:

Cada idioma lleva consigo la historia emocional que hemos vivido a través de él.

¿Puede el lenguaje positivo mejorar nuestro estado de ánimo?

La manera en la que nos hablamos importa.

Comparemos estas dos frases:

«Se me dan fatal los idiomas».

«Todavía estoy aprendiendo y cometer errores forma parte del proceso».

La primera frase presenta la dificultad como un fracaso personal permanente.

La segunda reconoce la dificultad, pero deja espacio para el progreso.

El lenguaje positivo no significa ignorar los problemas.

Tampoco exige fingir que todo es perfecto.

Significa describir nuestra experiencia de una manera realista, compasiva y constructiva.

Los pequeños cambios pueden influir en la forma en la que afrontamos un desafío:

«No puedo hacer esto» se convierte en «Todavía no puedo hacerlo».

«He cometido un error» se convierte en «He descubierto lo que necesito practicar».

«Mi acento es vergonzoso» se convierte en «Mi acento demuestra que hablo más de un idioma».

«Siempre olvido las palabras» se convierte en «Necesito más oportunidades para recordar y utilizar estas palabras».

Estas frases no eliminan mágicamente la frustración.

Sin embargo, pueden cambiar la interpretación que hacemos de ella.

Las palabras son poderosas, pero no son mágicas

Es importante no exagerar el poder del lenguaje positivo.

Repetir una frase positiva no elimina automáticamente la ansiedad, la depresión, un trauma o las circunstancias difíciles.

Las palabras actúan dentro de un contexto emocional y social más amplio.

Una persona puede necesitar descanso.

Apoyo.

Ayuda profesional.

Un ambiente más seguro.

O una solución práctica.

El lenguaje no puede sustituir estas necesidades.

Sin embargo, las palabras pueden influir en la manera en la que interpretamos una experiencia y en cómo nos tratamos mientras la vivimos.

Existe una diferencia entre decir:

«Fracasé porque soy incapaz».

Y:

«Este intento no funcionó, así que necesito comprender lo que sucedió».

El acontecimiento sigue siendo el mismo.

Pero la segunda interpretación crea más espacio para el aprendizaje y la acción.

El lenguaje del profesor puede cambiar el ambiente emocional

Las palabras utilizadas por un profesor pueden influir significativamente en cómo vive el estudiante una clase.

Comparemos:

«Esto está mal».

Con:

«Tienes la idea correcta; vamos a ajustar esta parte».

O:

«Ya deberías saber esto».

Con:

«Todavía no dominas este punto, así que vamos a practicarlo de otra manera».

La corrección es necesaria en el aprendizaje de idiomas.

Los estudiantes necesitan recibir comentarios claros y sinceros.

Pero la corrección no tiene por qué provocar humillación o miedo.

Cuando los estudiantes se sienten constantemente juzgados, pueden evitar hablar.

Cuando se sienten lo suficientemente seguros para experimentar, muestran una mayor disposición a asumir riesgos, hacer preguntas y utilizar un lenguaje desconocido.

El objetivo no consiste en elogiar todas las respuestas.

Consiste en separar el error de la persona.

Una frase puede ser incorrecta sin que el estudiante sea incapaz.

Aprender idiomas puede favorecer el bienestar emocional

Aprender otra lengua puede crear muchas experiencias emocionales positivas.

Comprender una canción.

Mantener una conversación con una persona local.

Entender un chiste.

Expresar correctamente una idea.

Leer un libro en su idioma original.

Darnos cuenta de que ahora podemos manejar una conversación que antes parecía imposible.

Estos momentos pueden producir alegría, confianza y una sensación de logro.

El aprendizaje de idiomas también puede conectarnos con nuevas comunidades y ayudarnos a observar el mundo desde otras perspectivas.

Nos proporciona nuevas formas de nombrar emociones y comunicar experiencias que pueden resultar difíciles de expresar en nuestra primera lengua.

Por supuesto, aprender un idioma también puede causar frustración.

Podemos sentirnos nerviosos.

Olvidar palabras sencillas.

Malinterpretar a alguien.

Compararnos con estudiantes más avanzados.

O creer que nuestro progreso es demasiado lento.

Por eso, el ambiente emocional de una clase de idiomas es tan importante.

Los estudiantes aprenden con mayor libertad cuando se sienten lo suficientemente seguros para equivocarse, experimentar y continuar siendo ellos mismos.

Una nueva lengua puede ofrecernos un nuevo vocabulario emocional

Los idiomas no dividen las experiencias emocionales exactamente de la misma manera.

Algunos contienen palabras que resultan difíciles de traducir mediante un único equivalente.

Aprender estas palabras puede proporcionarnos nuevas formas de observar y describir nuestro mundo interior.

La palabra portuguesa saudade, por ejemplo, expresa una combinación compleja de añoranza, ausencia y afecto.

La palabra griega φιλότιμο (filótimo) reúne ideas como la dignidad, la generosidad, el honor y la responsabilidad hacia los demás.

Descubrir estas palabras no significa que fuéramos incapaces de experimentar esas emociones antes de aprenderlas.

Pero disponer de una palabra puede hacer que una experiencia resulte más fácil de observar, comentar y compartir.

Por tanto, una nueva lengua puede ampliar no solo lo que podemos decirles a los demás, sino también la manera en la que nos comprendemos.

Cada idioma se convierte en parte de nuestra historia emocional

Una lengua nunca es solamente un conjunto de palabras y reglas gramaticales.

Queda conectada con:

Las personas que conocemos.

Los lugares que visitamos.

Las relaciones que construimos.

Los desafíos que superamos.

Y las versiones de nosotros mismos que aparecen a través de esas experiencias.

Un idioma puede recordarnos nuestra infancia.

Otro puede representar la independencia.

Un tercero puede estar relacionado con el amor, la amistad, el crecimiento profesional o un sueño para el futuro.

Por eso, escuchar un idioma concreto puede cambiar nuestro estado de ánimo antes de que hayamos procesado conscientemente cada palabra.

El propio sonido puede transportar una historia emocional.

En Glossart Languages

En Glossart Languages creemos que aprender una lengua no consiste únicamente en producir frases gramaticalmente correctas.

También consiste en descubrir cómo queremos expresarnos.

El aprendizaje de idiomas debe dejar espacio para:

La curiosidad.

Las historias personales.

Las emociones.

La reflexión.

Los errores.

El crecimiento.

Y la verdadera conexión humana.

Un estudiante no entra en una clase como una página en blanco.

Lleva consigo sus recuerdos, miedos, motivaciones, relaciones y experiencias.

Cuando la enseñanza reconoce esta dimensión emocional, el idioma se convierte en algo más que una materia académica.

Se transforma en una herramienta para comprendernos y conectar con los demás.

Reflexión final

¿Puede el lenguaje cambiar nuestro estado de ánimo?

No de una forma sencilla o automática.

Las palabras no controlan todas las emociones que experimentamos.

Pero pueden influir en lo que observamos, en cómo interpretamos una experiencia y en la manera en la que nos hablamos sobre ella.

Los diferentes idiomas pueden activar distintos recuerdos, relaciones y partes de nuestra identidad.

Nuestra primera lengua puede llevar consigo la fuerza emocional de la infancia.

Una segunda lengua puede crear distancia, libertad o confianza.

Otro idioma puede convertirse en la lengua del amor, de la pertenencia o de un nuevo comienzo.

Cuando aprendemos una lengua, no estamos aprendiendo simplemente a decir las mismas cosas de otra manera.

Estamos descubriendo nuevas formas de comprender, expresar y, en ocasiones, transformar lo que sentimos.

Porque el lenguaje no solo comunica nuestra historia emocional.

También se convierte en parte de ella.

Una pregunta para ti

¿Te sientes diferente cuando hablas otro idioma?

¿Qué lengua te hace sentir más confianza, tranquilidad o libertad para expresar tus emociones? ¿Por qué?

Para leer más reflexiones sobre los idiomas, las emociones y la educación transformadora, suscríbete a nuestro boletín o descubre nuestros programas en GlossartLanguages.com.

Por Evangelia Perifanou | Glossart Languages

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