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El lenguaje que compartimos: por qué la comunicación es mucho más que palabras | Glossart Languages
¿Y si comunicarnos con éxito no dependiera simplemente de hablar el mismo idioma, sino de comprender realmente a la persona que se encuentra detrás de sus palabras? Este artículo explora por qué surgen malentendidos incluso dentro de las familias y entre personas de una misma cultura, cómo personas con diferentes orígenes lingüísticos construyen vínculos mediante una lengua no materna y cómo aprender otro idioma puede transformar nuestra manera de escuchar, expresarnos y comunicarnos en nuestra lengua materna.
Evangelia Perifanou
8/24/20269 min leer
Más allá de las palabras: por qué hablar el mismo idioma no siempre significa entenderse
¿Y si la comunicación dependiera de algo más profundo que simplemente conocer las mismas palabras?
A menudo creemos que las personas que hablan el mismo idioma deberían entenderse fácilmente.
Comparten vocabulario.
Gramática.
Expresiones.
A veces, incluso comparten el mismo hogar, la misma familia, cultura e historia.
Y, aun así, siguen produciéndose malentendidos.
Porque la comunicación no consiste únicamente en las palabras que utilizamos.
También depende de las emociones que se esconden detrás de ellas.
De los recuerdos relacionados con ellas.
Del tono con el que se pronuncian.
De las expectativas que nunca expresamos.
Y del significado que la otra persona atribuye a todo lo que decimos.
A veces, dos personas pueden hablar el mismo idioma y, aun así, sentir que viven en mundos completamente diferentes.
El significado oculto detrás de nuestras palabras
Pensemos en una frase sencilla:
«Está bien».
Puede significar:
«Estoy de acuerdo».
«Lo acepto, pero estoy decepcionado».
«Ya no quiero seguir hablando de esto».
«Estoy molesto, pero no sé cómo explicarlo».
Las palabras son idénticas.
El significado no.
La comunicación depende del contexto, del tono, de la expresión facial y de la relación entre las personas implicadas.
Lo mismo sucede con palabras como:
Pronto.
Respeto.
Apoyo.
Responsabilidad.
Amor.
Para una persona, apoyar significa dar consejos.
Para otra, significa escuchar sin interrumpir.
Para alguien más, significa ofrecer ayuda práctica.
Dos personas pueden discutir porque una cree que la otra no la apoya.
Sin embargo, puede que simplemente tengan definiciones diferentes de lo que significa apoyar.
Hablan el mismo idioma.
Pero no utilizan el mismo diccionario emocional.
Por qué a las familias les puede resultar difícil comunicarse
A menudo esperamos que las personas más cercanas nos comprendan automáticamente.
«Me conocen».
«Deberían saber lo que quiero decir».
«No tendría que explicarlo».
Pero pertenecer a la misma familia no significa haber vivido exactamente las mismas experiencias.
Dos hermanos pueden crecer en la misma casa y recordar su infancia de maneras diferentes.
Uno puede recordar a uno de sus padres como una persona protectora.
El otro puede interpretar ese mismo comportamiento como controlador.
Un miembro de la familia puede expresar el amor mediante palabras.
Otro, mediante acciones.
Otro, asumiendo responsabilidades.
Y otro, dando espacio a los demás.
En todos los casos, el amor puede ser auténtico.
Sin embargo, si las personas no reconocen la forma en que los demás lo expresan, pueden sentirse ignoradas o incomprendidas.
Las familias también crean papeles:
La persona responsable.
La sensible.
La difícil.
La exitosa.
La callada.
La que debe solucionar todos los problemas.
Estos papeles pueden mantenerse mucho después de que las personas hayan cambiado.
Un adulto puede seguir siendo tratado como el niño irresponsable que fue en el pasado.
También puede esperarse que otra persona apoye siempre a todos los demás, incluso cuando ella misma necesita apoyo.
A veces, no nos comunicamos con la persona que tenemos delante.
Nos comunicamos con la versión de esa persona que permanece en nuestra memoria.
La cercanía puede crear una falsa sensación de comprensión
Las investigaciones describen un fenómeno conocido como sesgo de comunicación por cercanía.
Algunos estudios han descubierto que las personas pueden sobreestimar la eficacia con la que se comunican con sus amigos y parejas. Como nos sentimos cerca de alguien, suponemos que esa persona puede comprender nuestras intenciones sin que tengamos que darle una explicación completa.
Con los desconocidos, solemos comunicarnos con más cuidado.
Proporcionamos contexto.
Explicamos los detalles.
Comprobamos si han entendido.
Con las personas más cercanas, podemos dejar de hacerlo.
Decimos:
«Se está haciendo tarde».
Pero quizá lo que realmente queremos decir es:
«Estoy cansado y me gustaría volver a casa».
La otra persona escucha un comentario sobre la hora.
Nosotros creemos haber expresado una petición.
El malentendido no comienza porque no exista una conexión, sino porque confiamos en que esa conexión realice por sí sola todo el trabajo de la comunicación.
La cercanía es poderosa.
Pero no sustituye a la claridad.
Compartir un mismo origen no significa compartir la misma perspectiva
Dos personas pueden proceder del mismo país, vivir en el mismo barrio y hablar la misma lengua materna, pero ver el mundo de maneras diferentes.
La edad influye en la comunicación.
La educación también.
La profesión.
La personalidad.
La religión.
La historia familiar.
Las relaciones anteriores.
Las experiencias emocionales.
Una persona puede comunicarse directamente:
«No estoy de acuerdo con tu idea».
Otra puede preferir un enfoque más indirecto:
«Quizá podríamos considerar otra opción».
Las dos expresan desacuerdo.
Sin embargo, la primera puede parecerle maleducada a la segunda.
La segunda puede parecerle poco clara o deshonesta a la primera.
Ninguna tiene necesariamente malas intenciones.
Simplemente utilizan formas diferentes de comunicar el mismo mensaje.
Las emociones cambian lo que escuchamos
No escuchamos únicamente con los oídos.
También escuchamos a través de nuestro estado emocional.
Imagina que un compañero de trabajo te pregunta:
«¿Puedes revisar este documento otra vez?».
En un día tranquilo, puedes interpretarlo como una petición normal.
En un día estresante, puedes escuchar:
«Tu trabajo no es lo suficientemente bueno».
Las palabras no han cambiado.
Pero tu estado emocional ha modificado su significado.
Cuando nos sentimos ansiosos, cansados, rechazados o a la defensiva, podemos escuchar críticas que nadie pretendía hacer.
Podemos responder a una herida del pasado en lugar de reaccionar ante la conversación presente.
Por eso, una comunicación significativa necesita a veces una pausa.
Un momento para preguntarnos:
«¿Qué se ha dicho realmente?».
«¿Qué he supuesto yo?».
«¿Existe otra interpretación posible?».
Cuando se encuentran diferentes idiomas
Si pueden surgir malentendidos entre personas de una misma familia y cultura, imaginemos la complejidad que aparece cuando intentan conectar personas con orígenes lingüísticos diferentes.
Pueden tener distintos acentos.
Diferentes ritmos al hablar.
Distintas formas de expresar cortesía.
Diferentes grados de franqueza.
Distintas maneras de manifestar desacuerdo.
Y, a veces, se comunican en un idioma que no es la lengua materna de ninguna de ellas.
Una persona griega y otra brasileña pueden utilizar el inglés.
Una francesa y otra italiana pueden comunicarse en español.
Los miembros de un equipo internacional pueden utilizar el inglés, aunque todos tengan lenguas maternas diferentes.
Pueden cometer errores.
Buscar las palabras adecuadas.
Traducir literalmente expresiones de sus primeros idiomas.
O parecer más directos de lo que pretendían.
Pero eso no significa que no puedan establecer una comunicación significativa.
A veces sucede todo lo contrario.
Como los hablantes no nativos saben que no pueden dar por sentada la comprensión, pueden comunicarse de una manera más consciente.
Hablan más despacio.
Eligen palabras más sencillas.
Repiten los puntos importantes.
Hacen preguntas.
Confirman lo que han entendido.
Construyen la comprensión juntos.
Una lengua no materna compartida puede convertirse en un puente
No es necesario hablar un idioma a la perfección para crear una conexión.
Imaginemos que dos personas están organizando una reunión:
«¿Nosotros reunir martes, tres, por internet?».
La frase no es gramaticalmente perfecta.
Pero el mensaje se entiende.
La otra persona puede responder:
«Sí, el martes a las tres. ¿Qué plataforma utilizamos?».
La comunicación ha tenido éxito.
La gramática perfecta y la comunicación eficaz no siempre son lo mismo.
Una frase gramaticalmente perfecta puede seguir siendo ambigua, fría o confusa.
Una frase imperfecta puede comunicar algo importante con sinceridad y claridad.
La comunicación real no exige perfección.
Exige cooperación.
Pedir aclaraciones es una fortaleza
Muchos estudiantes de idiomas fingen haber entendido porque sienten vergüenza.
Sonríen.
Asienten.
Y esperan que el significado quede claro más adelante.
Pero pedir una aclaración no es una señal de debilidad.
Es una señal de que te importa comprender correctamente.
Puedes preguntar:
«¿Podrías explicarlo de otra manera?».
«¿Quieres decir que se ha cancelado la reunión?».
«¿Has dicho el martes o el jueves?».
«¿Puedes darme un ejemplo?».
«Permíteme comprobar si lo he entendido correctamente».
La comunicación es una responsabilidad compartida.
La persona que habla debe intentar expresarse con claridad.
La persona que escucha debe sentirse libre de hacer preguntas.
La comprensión es algo que las personas construyen juntas.
Un lenguaje más sencillo puede generar una comprensión más profunda
A veces creemos que utilizar un vocabulario complicado nos hace parecer más inteligentes.
Pero el lenguaje que impresiona no siempre es el que conecta.
Compara:
«Deberíamos procurar acelerar la finalización del proyecto».
Con:
«Deberíamos intentar terminar el proyecto antes».
La segunda versión es más sencilla.
Pero también es más clara.
Cuando nos comunicamos con personas de diferentes orígenes lingüísticos, la claridad se convierte en un acto de respeto.
Utiliza frases más cortas.
Explica las abreviaturas desconocidas.
Evita expresiones idiomáticas innecesarias.
Ofrece ejemplos concretos.
Confirma por escrito las fechas y responsabilidades importantes.
El objetivo no es reducir el nivel intelectual de la conversación.
Es eliminar los obstáculos que la rodean.
Aprender otro idioma cambia nuestra forma de escuchar
Aprender una lengua nueva nos enseña que escuchar no es una actividad pasiva.
Empezamos a prestar atención a la pronunciación.
A la entonación.
A las pausas.
A las expresiones faciales.
A las palabras clave.
Al contexto.
Aprendemos a seguir escuchando, incluso cuando no lo entendemos todo.
Nos sentimos más cómodos ante la incertidumbre.
Estas habilidades también pueden influir en la manera en la que nos comunicamos en nuestra lengua materna.
Podemos desarrollar más paciencia.
Interrumpir menos.
Hacer mejores preguntas.
Observar cómo nuestro tono modifica el significado de una frase.
Y comprender que escuchar no consiste simplemente en esperar nuestro turno para hablar.
Es un intento activo de entrar en la perspectiva de otra persona.
Un idioma nuevo nos ayuda a redescubrir el nuestro
La mayoría de las personas utiliza su lengua materna de manera automática.
Hablamos sin analizar la gramática.
Empleamos expresiones sin pensar de dónde proceden.
Comprendemos referencias culturales sin darnos cuenta de lo confusas que pueden resultar para otra persona.
Aprender otro idioma cambia esta situación.
Empezamos a comparar.
Observamos cómo las lenguas expresan el tiempo de maneras diferentes.
Cómo transmiten respeto.
Cómo formulan peticiones.
Cómo expresan emociones.
Cómo algunas ideas no pueden traducirse palabra por palabra.
Esta capacidad de tomar distancia y reflexionar sobre el funcionamiento del lenguaje se conoce como conciencia metalingüística.
Las investigaciones han relacionado el aprendizaje multilingüe con una mayor conciencia de las estructuras lingüísticas, aunque los resultados varían según la edad, el dominio del idioma, la experiencia lingüística y el tipo de actividad estudiada.
Esto no significa que aprender otro idioma convierta automáticamente a alguien en una persona más inteligente.
El beneficio es más específico y práctico:
Un idioma nuevo puede ayudarnos a observar nuestra propia lengua.
Podemos empezar a preguntarnos:
«¿Es esta la palabra más clara?».
«¿Es mi petición demasiado directa?».
«¿Podría esta frase tener otro significado?».
«¿Entenderá la otra persona esta expresión?».
«¿Estoy expresando lo que realmente quiero decir?».
Aprender idiomas desarrolla la empatía
Cuando aprendes otra lengua, descubres lo que se siente al tener un pensamiento complejo, pero disponer de palabras limitadas.
Sabes lo que quieres decir.
Puedes sentirlo.
Puedes escucharlo claramente en tu mente.
Pero todavía no eres capaz de construir la frase.
Puedes sentirte lento.
Avergonzado.
Frustrado.
O menos inteligente de lo que realmente eres.
Esta experiencia puede transformar tu manera de ver a los demás.
Comienzas a comprender que el nivel de un idioma no es lo mismo que la inteligencia.
Una persona puede hablar un inglés básico y poseer extraordinarios conocimientos profesionales.
Alguien puede dudar al hablar español y, al mismo tiempo, tener una personalidad fascinante e ideas poderosas.
Otra persona puede permanecer callada porque necesita más tiempo para encontrar las palabras adecuadas.
Aprender un idioma nos enseña a escuchar más allá de los errores gramaticales.
A buscar al ser humano que se encuentra detrás de cada frase.
La comunicación es un acto de empatía
Tanto si hablamos con un desconocido como con un compañero de trabajo, una pareja o un familiar, una comunicación eficaz necesita mucho más que palabras.
Necesita curiosidad.
En lugar de suponer, podemos preguntar.
En lugar de reaccionar inmediatamente, podemos hacer una pausa.
En lugar de decir:
«Deberías entenderme»,
podemos decir:
«Permíteme explicarte lo que quiero decir».
En lugar de decir:
«Nunca me escuchas»,
podemos decir:
«Cuando sucede esto, siento que no me comprendes».
En vez de concentrarnos únicamente en nuestra intención, también podemos considerar el efecto que nuestras palabras producen.
Puede ser cierto que no tuviéramos intención de hacer daño.
Pero una comunicación significativa también nos lleva a preguntar:
«¿Cómo vivió la situación la otra persona?».
«¿Qué provocó el malentendido?».
«¿Cómo puedo expresarlo de otra manera la próxima vez?».
El círculo de la comunicación
En el centro del lenguaje existe una poderosa paradoja:
Necesitamos conexión para comunicarnos y la comunicación profundiza nuestra conexión.
Lo mismo sucede con el aprendizaje de idiomas.
Aprendemos mediante la interacción.
Mediante los errores.
Las preguntas.
Las historias.
Y el valor de hablar antes de sentirnos completamente preparados.
La gramática proporciona estructura al idioma.
El vocabulario nos ofrece posibilidades.
Pero la conexión humana da significado al lenguaje.
En Glossart Languages creemos que aprender un idioma no consiste únicamente en construir frases correctas.
Consiste en aprender a escuchar.
A pedir aclaraciones.
A adaptarnos.
A comprender diferentes perspectivas.
Y a crear conexiones entre familias, relaciones y culturas.
Reflexión final
Las personas que hablan el mismo idioma pueden no entenderse.
Las personas que hablan idiomas diferentes pueden crear relaciones profundas y duraderas.
La diferencia no siempre está en la capacidad lingüística.
A veces, está en la paciencia.
La curiosidad.
La conciencia emocional.
La empatía.
Y el deseo sincero de comprender.
Porque conocer las palabras es solamente el principio.
La verdadera comunicación comienza cuando aprendemos a escuchar, comprender y conectar.
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